PRIMERA ENTREGA

La Previa

Sebastián Carapezza

A un puñado de días del comienzo del mundial, ya comienzan los preparativos domésticos, la definición de cábalas, los fixturis en mano que se complementan a nuestra diaria cotidiana y los nuevos cánticos versión mundialista que serán banda de sonido durante un mes y medio en esta patria futbolera.

 Un viaje no se inicia cuando comienza el recorrido, sino cuando lo empezás a pensar, a armar y vivenciar, aunque estés sentado en el eterno escritorio de tu trabajo cotidiano. Así mismo un mundial de fútbol no arranca cuando mueven la pelota del medio en el partido inaugural, sino cuando ves la primera publicidad del evento deportivo más grande del mundo.

Hace un par de días nomás, vi el de una bebida alcohólica nacional y sentí esas hormigas en la panza, esas mariposas en el pecho, ese aire frío en la nuca que no era producto del viento patagónico. En fin, esas sensaciones que emana el cuerpo y hacen predecir que algo importante esta por suceder.

Está por comenzar el mundial más largo de la historia, que comenzó allá en 1930. 45 días a puro fútbol. 104 partidos. Casi 10.000 minutos de partido comprimidos en un mes y medio. Una maratón deportiva y mediática de largo aliento. Un sueño para cualquier mal gobierno.

En buena parte de los hogares todavía quedan varias cosas por resolver antes del día 11 que inauguren México y Sudáfrica el primer partido. Contratar el abono de todos los partidos sería la primera cuestión. Algo que parece sencillo pero no lo es. Recuerdo que hace exactamente 4 años atrás, en vísperas del último mundial de Qatar, en el arrebato de querer que me instalen la antena, sufrí una estafa virtual que solo podía ocurrirle a una persona que tenga la cabeza en otro planeta, que esté pensando en otra cosa.

Otra cuestión a resolver es llevar el fixturi (en franca extinción en soporte papel) siempre encima, antes de confirmar o sostener una reunión laboral, en base al partido que se dispute ese día. En esta edición, al ser en América, la diferencia horaria no es tan abismal y los partidos comienzan casi todos por la tarde, en el pico de logísticas familiares y sociales.

Por otro lado, para aquellos que estamos en pareja, tenemos que pensar, proponer, debatir, y finalmente disputar ante el cónyuge, la ubicación del televisor dentro del hogar, que irradiará durante 6 semanas: un verde perfecto, sin importar si el partido se juega en México, EEUU o Canadá, anfitriones de esta copa.

Las opciones más clásicas son el cuarto, con los conflictos matrimoniales que eso puede acarrear a cualquier pareja que se considere vigente, o la sala de estar donde el partido quedará de fondo de pantalla con la banda de sonido de los diferentes relatores. 

Estamos cerca. Y eso se siente porque ya comenzaron a rolar por WhatsApp de grupos de amigos, el PRODE de los partidos en cada llave, o simplemente colegas y vecinos arengando a que quede por escrito los posibles semifinalistas, el fracaso y la revelación de este mundial. De esta manera cada voto quedará plasmado por escrito, pero sobre todo en el inconsciente del otro participante durante años. Sobre todo si el error y la apuesta es grosera.

Es por eso que la previa del Mundial también se juega lejos de las canchas y las pantallas. En nuestras escuelas en los barrios la previa del mundial también parece pausar al menos por un mes las lógicas de la vida cotidiana. El intercambio de figuritas reúne a grupos de estudiantes alrededor de una pasión compartida, mientras que en pasillos, salas de profes y grupos de WhatsApp los prodes, las apuestas simbólicas y las discusiones futboleras se infiltran en las relaciones entre compañer@s. 

Se trata de rituales sencillos que fortalecen vínculos, generan nuevas conversaciones y alimentan el sentido de comunidad. En tiempos atravesados por relaciones cada vez más mediadas por la virtualidad, el fútbol vuelve a demostrar su capacidad para convocar al encuentro cara a cara, tender puentes entre generaciones y transformar la expectativa mundialista en una experiencia profundamente popular.

Gracias al antídoto anti mufa metido en el cuerpo, ninguno de mis compadres futboleros se anima a postular a la blanquiceleste como candidata. Es que los viejos hinchas de tablón, que ya tenemos una docena de mundiales encima, entendemos que las cábalas y otras cuestiones paranormales se respetan. Y punto. 

Algunas se inaugurarán en unos días nomás, tienen historia y cargan de un poder mitológico que no entiende de razones ni opiniones de terceros. Simplemente se cumplen. Algunas son rudimentarias, pero metódicas. Si el equipo va ganando nadie cambia su ubicación frente a la tv. Si el equipo ganó, el partido siguiente los ven exactamente las mismas personas involucradas en la escena. Si el equipo pierde se puede lavar la casaca e indumentaria, sino ni en pedo.

El tema es que a esos preparativos siempre se suma alguna otra variable que nos complica la existencia: si justo hicimos el gol cuando me levanté de la silla, o no nos dimos cuenta que tal tenía una remera con los colores del equipo rival, o si el gato estaba afuera maullando para entrar, y se va ganando, ni aunque nieve lo podemos dejar entrar. Son códigos que se respetan, por la voluntad o por la fuerza. Y esos ladinos animalitos siempre tienden a hacernos la vida más compleja. 

El problema con las cábalas se acrecienta cuando entra un elemento externo al hogar. Como por ejemplo cuando nos regalan una nueva camiseta con el mundial ya en disputa.  ¿Esa intromisión no efectará la armonía con las otras cábalas?.¿Una cábala anula el poder de otra? Preguntas filosóficas que solo se confirmarán con el resultado ya puesto.

 

MÚSICA PARA LOS OIDOS

 

Faltan 5 días y cada vez con más frecuencia escarbo por las redes sociales chequeando si ya hay una nueva canción de tribuna. Esa que se nos va a pegar como un virus y será una marca identitaria más certera que un pasaporte. Y que escucharemos hasta en la bocina de los autos.

En la copa América de Brasil 2021 sin dudas fue el “decime que se siente”. En el mundial de Qatar fue la poética “muchachos”, cuya idea original es de la banda La Mosca, pero esa versión la creó Fernando Romero, un docente de 30 años, hincha de Racing. La letra tiene a Diego, a Messi, a las Malvinas, las desilusiones pasadas y la esperanza. Tiene nostalgia, pero también presente, con lo que fue y queremos que sea.  ¿No es acaso eso la poesía?

En este mismo momento, seguramente varios grupos de pibes, de barras, de hinchas de músicos, (o todo eso junto, por qué no) están haciendo garabatos de poesías del tablón, midiendo las métricas de las canciones de sus clubes, doblándolas a la realidad de la selección nacional. Tiene que ser un trabajo puro, quirúrgico, para lograr ser aceptada por todos los hinchas, y no debe contener ese tufo de parcialidad futbolera local de ningún equipo.

Muchas veces es tarea para los días previos cuando la hinchada comienza a llegar a cada ciudad en los días previos de cada cotejo. ¿Mencionará la próxima canción que en México ya dimos una vuelta? ¿O la posición geopolítica de EEUU? ¿O algún recuerdo a Francia? Veremos. Dejemos que los autores intelectuales hagan lo suyo.

Y bien saben además, que cada canción de cancha debe incitar a ciertos movimientos corporales mínimos, imprescindibles para quien no frecuentó alguna vez el hábitat de la cancha y la fauna de esos parajes. El primero de ellos es el desplazamiento oscilante, casi autista de al menos uno de los brazos, mientras se entona una canción. Ese ida y vuelta empuja al antebrazo como una marea interior repleta de estrofas futboleras, casi todas con fuerte contenido xenófobo, racista o machista, vamos a decirlo. 

El segundo (Francia!!) gesto corporal seguramente autóctono en estas tierras es la forma de gritar un gol patrio. Cuando la pelota entra en el arco, el siguiente alarido no dice “goool”, así con la letra “o”. Es otra cosa, algo más gutural, y ciertamente más ancestral. es como un sonido que nos comunica con nuestros ancestros que vieron nacer este deporte a fin del siglo XVIII. No se grita con la boca cerrada sino abierta, con una “a” en la garganta. Esto no se encuentra en los diccionarios de la Real Academia Española, pero créanme que es verídico. Solo resta prestar atención.

Es un canto tribal, es el grito de guerra de una patria futbolera. Es el “sapucai” de estas pampas.  Definitivamente eso no se consigue en Europa, en donde transitan esas emociones aplaudiendo como en el cine. Esa es una señal de disfrute, mientras que nuestros festejos son de desahogo, de broncas pasadas contenidas que se arrastran hasta que la pelota traspone la línea de meta.

Sin embargo, a falta todavía de una canción que haga de banda de sonido popular, lo que primero apareció, fue otro un síntoma de esos tiempos de redes en clave mundialista. Y ese milagro tiene nombre y apellido: Tim Payle. La historia, hoy en boca de todes, nos dice que un youtuber argento, buscó al futbolista con menos seguidores en instagram de los 48 equipos participantes, algo así como uno entre 1250 deportistas.

Así es como dio con el neozelandés con menos de 5 mil seguidores. y lanzó una campaña de apoyo a su persona que se viralizó hasta el infinito. La pelota (en este caso mediática) comenzó a rodar, estallaron las redes y se hizo una canción al rimo de una cumbia más contagiosa que la viruela. Y ya nada fue igual. Mucho menos para el jugador que un día se levantó, allá en una isla remota y vio que en 4 días su cuenta albergaba casi 4 millones de seguidores.

 Todavía están tratando de explicar desde su lógica cómo nació esto y qué motivó a un sudamericano a emprender esta iniciativa. Pero no lo logran. No lo entienden. Y está bien. “No te lo puedo explicar, porque no vas a entender”, vaticinamos un mundial antes.

 Es que en definitiva el mundial es algo que en muchos aspectos no tiene lógica y escapa de los manuales de usos y costumbres. Despierta vínculos futboleros y emocionales tangibles que no ocurren muy seguido, algo que quizás nació con un mate y un truco en la mesa. 

Con este solo suceso viral, que llegó a los medios de todo el mundo, buena parte de nuestra patria futbolera, ya tiene su corazoncito en Nueva Zelanda. Pero sobre todo los habitantes de esa isla de Oceanía ya se sienten argentinos. Porque ya saben. Un argentino, nace donde carajo quiere.