Presente Contínuo

El recuerdo de Carlos Mugica, Jaime de Nevares y Juvenal Currulef en el mes aniversario de sus muertes.

Mayo no los trae de vuelta como estampitas ni como nombres grabados en una fecha. Los trae en movimiento. En las calles de un barrio levantado por quienes llegaron con una valija, un oficio y la esperanza a cuestas, tres recién llegados buscan trabajo y una vida posible. Sin saberlo, también se encuentran con una trama de organización, solidaridad y lucha que lleva las huellas de Juvenal Currulef, Carlos Mugica y Jaime de Nevares. No hacen falta encuentros personales para reconocer una presencia cuando una comunidad entera la vuelve práctica cotidiana.

AÑO 2013
Te ubico: América Latina, Argentina, Bariloche, Virgen Misionera. Estás acá.

Todavía recuerdo esa tarde de verano cuando me subí al colectivo 50 y me bajé en el kilómetro 7.200 de la Avenida Pioneros, una de las dos arterias principales que comunican el Oeste de Bariloche con el resto de la ciudad. Me habían pasado el dato de que se había abierto una vacante en una escuela nocturna en Virgen Misionera y allá fui. Me bajé del colectivo y metí mi celular BlackBerry en el fondo de la cartera pensando en lo único que conocía del barrio en mis casi treinta años de barilochense: rumores. Y no precisamente de los buenos. Caminé las dos o tres cuadras de tierra que separan la ruta de la escuela mientras miraba el Cerro Otto y pensaba lo que tiempo después supe que pensaron muchos y muchas cuando llegaron por primera vez al barrio a trabajar: ¿en dónde me estoy metiendo?

En el camino hacia la escuela vi caballos, perros. Escuché el cacareo de alguna que otra gallina. Vi pibes andando en bicicleta por la calle y señoras que caminaban sosteniendo bolsas de mandados en una mano y niños pequeños en la otra. Vi una capilla cuya forma circular me sorprendió. Vi una cancha de tierra donde algunos chicos se divertían tirando al arco mientras otros miraban detrás del alambrado. Vi otras escuelas además de la que me esperaba a mí. Vi casas y crucé también algunos autos que iban y venían. En suma, vi un barrio como tantos otros.
Si mal no recuerdo fue la primera vez que vi una escuela de madera y esa calidez me abrasó de entrada. Escuela chica, con piso de cemento y algún que otro
perro durmiendo en los rincones. Escuela para jóvenes y adultos Don Jaime de Nevares rezaba un cuadro colgado en la pared.


Graciela y Bibi ,las directoras de aquel entonces, me dieron la bienvenida y me contaron en detalle de qué se trataba el proyecto educativo y qué era eso de la Gestión Social, término que yo escuchaba tal vez por primera vez. Recuerdo que se disculparon porque las horas de clase ofrecidas eran muy pocas y recuerdo también que yo acepté sin dudar. Luego de la entrevista, deshice el camino andado en dirección hacia la parada del 50 para volver a mi casa. No conocía el barrio, no conocía su gente ni su historia. Mucho menos conocía al tal Jaime de Nevares. Sin embargo, caminé con la certeza inexplicable de que estaba donde tenía que estar.

***

Ese mismo verano Guadalupe desembarcó también en la Escuela de Don Jaime, aunque lo hizo caminando por un sendero diferente. 

Hacía pocos meses había llegado desde Buenos Aires junto a su marido y sus hijos pequeños en busca de una vida diferente, alejada del compás que pretenden bailar las grandes ciudades. Se instalaron en San Ignacio del Cerro y como buena devota, una de las primeras cosas que hizo fue acercarse un domingo a la Parroquia de Virgen Misionera, la más cercana a su domicilio.


Si a mi me sorprendió la forma circular de la Iglesia, a Guadalupe la sorprendió más que ni bien terminó la misa y se disponía a regresar a su casa, el mismísimo Cura se le acercó para darle la bienvenida y para preguntarle quién era, de dónde venía, a qué se dedicaba y luego de esa conversación le aconsejó acercarse a una de las Escuelas del barrio a llevar un currículum.


Guadalupe siguió frecuentando las misas de los domingos y fue así que llegó a trabajar voluntariamente en el Comedor de los Abuelos. Allí conoció a Marcia, a Margarita y a otras vecinas del barrio que a través de sus relatos le fueron marcando el camino en el que se había metido casi sin querer y del que desde entonces nunca se apartó.


Al tiempo le hizo caso al Cura y se acercó a la escuela con el currículum en mano.
Llegó una tarde de diciembre y se presentó de parte de Juvenal Currulef. Te esperamos en febrero le respondió Bibi en medio de la vorágine del acto de egreso.
Guadalupe tampoco conocía el barrio ni conocía la historia del Cura Juvenal. Sin embargo esa tarde también regresó a su casa con la certeza de que estaba donde tenía que estar.

***
Recién llegado a Bariloche Lolo también se subió al 50 el verano siguiente, se bajó en el KM. 7200 de Pioneros y caminó por primera vez las calles de Virgen Misionera en donde encontró mucho más de lo que iba a buscar.


Acostumbrado a las lógicas del conurbano bonaerense lo primero que pensó al bajar del colectivo fue que el entorno era demasiado residencial para alojar la obra de la cual le habían hablado. A diferencia mía y de Guadalupe, él llegó con el libreto estudiado.


Aquello que veía no parecía coincidir con las respuestas que había recibido al contar que tenía que ir a Virgen Misionera a llevar un currículum.


“Una llegada a un lugar que es el menos Bariloche de los Bariloches”. Eso sintió cuando caminaba esas cuadras que separan la ruta de las escuelas. Preparado para ver la zona de las postales y también preparado para ver “el Alto”, Virgen Misionera lo tomó por sorpresa: un lugar donde la lógica de los intercambios sociales en Bariloche se suspenden y las cosas funcionan de otra manera. Porque uno se baja de ese colectivo, se mete, entra por esas primeras calles y se choca con el contraste entre los prejuicios sobre el barrio y eso que se siente al llegar. La Capilla, la cancha de fútbol al lado como casi hermanando las dos formas de espiritualidad que existen en este país y las escuelas de fondo. Es sin dudas un lugar distinto.


Él tenía que ir al Amuyen pero tal vez hipnotizado por la energía tan propia del lugar se desvió por el pasadizo que bordea la cancha y cuando terminó de recorrerlo se chocó de frente con un mural gigante que decía Escuela Taller Carlos Mugica. El choque fue literal porque desde su porteñocentrismo, el movimiento tercermundista era un fenómeno metropolitano que no coincidía con la imagen del Cura de la Villa 31 a los pies del Cerro Otto. A Lolo lo esperaban en Amuyen pero él entró (tuvo el impulso de hacerlo) a esa Escuela Taller un poco incrédulo y un poco con el deseo de entender por qué existía a casi 8 kilómetros de Bariloche y rodeado de zonas residenciales un barrio en donde se podía levantar una pared con el nombre de Carlos Mugica.


Esa tarde Lolo no solo encontró un trabajo. Se topó de frente con una Obra Comunitaria cuya magnitud no volvió a ver en ninguno de los caminos por los que anduvo años después, que fueron muchos.


Esa tarde, Lolo desandó las calles de tierra y volvió a la ruta para tomar el 50 convencido también de que estaba donde tenía que estar.

***
Traer a Currulef, a Mugica y a De Nevares al presente no es un ejercicio de nostalgia ni una ceremonia de homenaje. Es reconocer que las causas a las que entregaron su vida siguen abiertas y siguen reclamando militancia. La memoria, la verdad y la justicia frente a quienes quisieron imponer el olvido; el derecho al trabajo y a una vida digna para quienes viven de su esfuerzo; la tierra para quienes la habitan y la trabajan; la defensa de los pueblos originarios frente al despojo; la salud y la educación como derechos y no como privilegios. En cada una de esas luchas dejaron una huella concreta y eligieron desde qué lugar mirar el mundo.


En una Argentina atravesada por discursos que exaltan el individualismo, mercantilizan derechos conquistados y presentan la solidaridad como una debilidad, las voces de los tres curas vuelven a adquirir una potencia incómoda. Porque recuerdan que la dignidad no se negocia, que ninguna comunidad se construye abandonando a los más vulnerables y que la neutralidad frente a la injusticia es, en definitiva, una forma de tomar partido. Tal vez por eso siguen presentes en la memoria viva de quienes militamos su obra: no como figuras del pasado ni como nombres para una efeméride de mayo, sino como compañeros de camino que todavía interpelan el presente y obligan a responder una pregunta tan sencilla como decisiva: de qué lado estamos.

Agustina Lastiri